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“No lo tienes y lo quieres, ya lo tienes y lo descuidas, lo pierdes y te arrepientes”

 

Una pareja la forman dos personas, con dos mundos diferentes, con dos personalidades y necesidades distintas, con gustos e infinidad de aspectos dispares que un día se encuentran, se atraen y a partir de un momento se aman y deciden, bien sea explícita o implícitamente comenzar juntos como compañeros en ese apasionante viaje que es la vida.

Pero ese viaje es largo y presenta obstáculos, barreras, dificultades que ponen a prueba esa unión derivada del amor que nació un día. En ocasiones, los trayectos entre estaciones comienzan a teñirse de colores apagados, sin luz y la pareja comienza a sentirse perdida y sin ilusión.

Para evitar que esto ocurra, es necesario que la llama del amor se mantenga viva y brillante, porque es ella la que, en momentos de oscuridad, dará luz y facilitará encontrar la salida de ese túnel oscuro en el que la pareja se encuentra.

La complicidad en la mirada, compartir momentos de alegría y de tristeza, escuchar a la persona amada sin juzgarla, llorar y encontrar consuelo , pedir lo que se necesita y no se tiene del otro, sin reproches ni palabras hirientes, trabajar las crisis que pueden surgir en el camino curando las heridas que provocan, pedir y saber aceptar perdón, estar al lado acompañando en una enfermedad… son entre otros muchos, comportamientos que permitirán pasar con éxito las diferentes pruebas que la vida presenta para poder seguir juntos.

Se trata por tanto de incorporar en el equipaje todos los recursos necesarios para mantener la fuerza que un día unió y que llenó de ilusión el comienzo de ese viaje.

Por eso, así como cada persona debe cuidarse para estar satisfecha de sí misma, también la relación de pareja debe mimarse con ahínco día a día. Es necesario dejar un espacio, un tiempo para alimentar ese amor, que debido a diferentes circunstancias pasa por diferentes estados, teniendo en ocasiones la fuerza de las llamas o en otras desprendiendo únicamente el calor de las brasas. Pero sea de una u otra forma lo que no se debe permitir es que ese amor se apague y no tenga vida, porque entonces es cuando no habrá luz y ese viaje compartido desgraciadamente ya no tendrá sentido.

Dejo a continuación una historia de un autor desconocido que encontré un día y que representa lo que es compartir con la persona querida el apasionante viaje que es la vida:

 
“Mis padres vivieron cincuenta y cinco años casados. Una mañana, mi mamá bajaba las escaleras para prepararle a papá el desayuno y sufrió un infarto. Mi padre la alcanzó, la levantó como pudo y, casi a rastras, la subió a la furgoneta. A máxima velocidad, sin respetar los semáforos, condujo hasta el hospital más cercano. Cuando llegó, por desgracia, ya había fallecido.

Durante el funeral, mi padre no habló lo más minino, su mirada estaba perdida y casi no lloró. Esa noche, sus hijos nos reunimos con él.

En un ambiente de dolor y de nostalgia recordamos hermo­sas anécdotas sobre mi madre. Él pidió a mi hermano, que es teólogo, que le dijera dónde estaría mamá en ese preciso momento; mi hermano comenzó a hablar de la vida después de la muerte, conjeturó cómo y dónde estaría ella.

Mi padre escuchaba con gran atención y de repente, pidió:

“Llévenme al cementerio!”

“Papá”, respondimos nosotros, “son las doce de la noche. No podemos ir al cementerio ahora.”

Alzó la voz y, con una mirada con lágrimas, dijo: “No discutan conmigo, por favor; no discutan con el hombre que acaba de perder a la que fue su esposa durante cincuenta y cinco años.”

En ese momento se produjo un respetuoso silencio y no discu­timos más. Fuimos al cementerio, pedimos permiso al cuidador y con una linterna a cuestas llegamos a la lápida. Mi padre la acarició, rezó y nos dijo a sus hijos, que veíamos la escena conmovidos:
“Fueron cincuenta y cinco buenos años… ¿Saben?, nadie puede hablar del amor verdadero si no tiene idea de lo que es compartir la vida con una mujer así —hizo una pausa y se lim­pió la cara—. Ella y yo estuvimos juntos en aquella crisis, en mi cambio de empleo —continuó—. Hicimos la mudanza cuando vendimos la casa y nos mudamos a la ciudad. Compartimos la alegría de ver a nuestros hijos crecer y terminar sus carreras, lloramos uno al lado del otro la partida de nuestros seres más queridos, reza­mos juntos en la sala de espera de algunos hospitales, nos apo­yamos en el dolor, nos abrazamos en cada Navidad y perdona­mos nuestros errores… Hijos, ahora se ha ido y estoy contento, ¿saben por qué? Porque se fue antes que yo, no tuvo que vivir la agonía y el dolor de enterrarme, de quedarse sola después de mi partida. Seré yo quien pase por eso, y le doy gracias a Dios. La amo tanto que no me hubiera gustado que sufriera…”

Cuando mi padre terminó de hablar, mis hermanos y yo teníamos el rostro lleno de lágrimas. Lo abrazamos y él nos consoló: “Todo está bien, hijos; podemos irnos a casa; ha sido un buen día.”

 

Mercedes Melgar

Coach Profesional certificada N.º 10324

 

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