El grito

Las crisis de angustia, también llamadas ataques de pánico o crisis de ansiedad, son más comunes de lo que nos imaginamos. Una persona de cada 10 ha tenido una crisis de angustia en algún momento de su vida y no es un síntoma de una enfermedad mental grave. Éstas, presentan tres características básicas:

  1. Miedo y ansiedad intensos
  2. Aparece de forma repentina y brusca
  3. Los síntomas más intensos duran un período breve de tiempo, para después quedar un cierto malestar o agotamiento.

Este miedo intenso que se siente va acompañado de sensaciones corporales desagradables (pero inofensivas) como palpitaciones, sudoración, temblores, dificultad para respirar o sensación de asfixia, náuseas o dolor abdominal,… y de pensamientos catastróficos como “me desmayaré”, “me voy a volver loco”, “voy a ahogarme”, “voy a perder el control de mí mismo y voy a hacer el ridículo”,…

Aunque estas reacciones puedan parecernos extrañas, no son otra cosa que una forma extrema de las reacciones de miedo normales que instintivamente todos sentimos.

Las principales sensaciones de estas crisis no son signos de que algo vaya mal, sino que nos demuestran que nuestro cuerpo responde correctamente a la amenaza que ha detectado. La angustia es una reacción de miedo normal pero que se produce en el momento equivocado. Para entender mejor esto, podemos pensar en una alarma de un coche que sirve para avisarnos de que se está produciendo un robo. Sin embargo, a veces es tan sensible que se activa sólo con el viento o con el movimiento de otros coches, es decir, es capaz de detectar señales inofensivas y reaccionar a ellas como si de un peligro se tratara. Esto es exactamente lo que ocurre en las crisis de angustia. Aunque parezca contradictorio, tratan de protegernos y no de dañarnos, ante ese peligro detectado.

Las crisis de angustia pueden producirse debido a una preocupación excesiva por la salud y por tanto, tender a malinterpretar los síntomas que se producen en nuestro cuerpo, a causa del estrés (preocupaciones) y debido también al malestar que nos ocasionan otros problemas vitales (familiares, amigos, trabajo) y al tratar de esconder aquello que sentimos “bajo la alfombra”. Todo esto produce un aumento de la tensión y de la ansiedad que a niveles elevados ocasionan las crisis de angustia.

A menudo hay personas que piensan que no es posible que los pensamientos puedan provocar algo tan intenso y que debe haber una razón física que lo explique. Es cierto que las sensaciones que se producen y que podemos sentir durante una crisis son totalmente reales y no están en nuestra cabeza, pero lo que realmente causa estos síntomas son nuestros pensamientos. ¿Cómo puede ocurrir esto? Bien, pensemos en una película; con ella podemos sentir miedo o llorar aunque lo que esté pasando no sea real o aunque nadie haya muerto realmente, ¿verdad? El simple hecho de creer que está sucediendo eso durante un rato, es suficiente como para hacernos sentir lo que sentimos. Las reacciones emocionales que se nos despiertan son absolutamente reales aunque lo que esté ocurriendo no lo sea. A nuestra mente le cuesta mucho diferenciar lo que es real de lo que no lo es, y con solo imaginar ya podemos sentir. Esto es lo que pasa en las crisis de angustia. Vemos, por tanto, el gran poder que tienen nuestros pensamientos al ser capaces de producir efectos muy importantes en nuestro cuerpo.

¿Por qué se mantienen estas crisis? Debido a que evitamos aquellas situaciones en las que ya nos ha dado alguna, por miedo a que vuelva a repetirse, debido a que llevamos algún tranquilizante, debido a que nos agarramos para evitar desmayarnos, debido a que abrimos las ventanas para que entre más aire y podamos respirar con mayor profundidad,…

Todas estas acciones impiden que nos demos cuenta y que podamos comprobar por nosotros mismos que el peligro no es real. Con este tipo de conductas tendemos a pensar “Uf, me fue de un pelo, si no me hubiera agarrado me habría desmayado seguro”, en vez de pensar “Vaya, en realidad no había ningún peligro”. De esta manera, perdemos la confianza en nuestra capacidad de hacer frente a la angustia.

El simple hecho de anticipar que se vuelva a repetir una crisis cuando una situación que tememos está muy cerca, hace que se produzca. Y también hace que se vuelvan a repetir, el centrar excesivamente nuestra atención en todas aquellas sensaciones “diferentes” que se producen en nuestro cuerpo ya que pueden asustarnos.

Aunque creamos que no, esas sensaciones son habituales y van variando a lo largo del día en todos nosotros. Igual que sucedía con la alarma del coche, sucede también con las sensaciones corporales. Siempre han estado ahí pero por lo general no las notamos porque no las consideramos importantes. Si empezamos a buscar fácilmente encontráremos alguna cosa, y nos volveremos más sensibles en su detección ya que esto irá seguido de pensamientos catastrofistas. Lo mismo ocurre cuando queremos comprarnos algo de una marca determinada y empezamos a verlo con más frecuencia. Esto no quiere decir, que ahora que lo queremos, todos se hayan puesto de acuerdo para comprárselo, sino que como se vuelve importante para nosotros nuestra atención se dirigirá inconscientemente a ello.

¿Cómo afrontar las crisis de angustia?

  1. Entrenamiento en relajación muscular
  2. Respiración más lenta y pausada (inspirar por la nariz y expirar por la boca), para así reducir la hiperventilación que se genera, la cual produce una necesidad paradójica de más aire cuando en realidad lo que se necesita es disminuir su velocidad.
  3. Distraerse y ocupar la cabeza con otras cosas fijándonos por ejemplo en lo que está ocurriendo a nuestro alrededor y no en lo que pasa dentro de uno.
  4. Resolver otras preocupaciones o sentimientos dolorosos que tengamos enterrados.

Es recomendable practicar estas técnicas cuando no estemos ansiosos para poder ponerlas en práctica en las crisis de angustia. Aun así, es muy posible que necesitemos ayuda de un profesional para poder hacerlas frente a través de la terapia individual. No hay que dejar pasar el tiempo ni que la angustia gobierne nuestra vida, ¡pongámosle solución!

Mercedes Casado

Psicóloga

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2 Comments

  1. María dice:

    Muy bueno el artículo

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