Actualmente, a pesar de que el ser humano es un ser social, hay cada vez más personas que prefieren vivir solas o no casarse o no tener hijos. No quieren perder su libertad individual, no quieren sentirse atados, no quieren “cargar” con los problemas de los demás, no quieren responsabilizarse, ni sufrir, ni tener que dar explicaciones. Es decir, no quieren comprometerse.

Me atrevo a asegurar que todos en algún momento de nuestras vidas hemos sentido miedo al compromiso. ¿Y por qué ocurre esto? Porque percibimos que estamos limitando nuestra libertad e independencia. Y efectivamente es así. Normalmente cuando nos comprometemos con alguien, nuestra libertad se reduce en algunos aspectos pero también se obtienen muchos otros beneficios (amor, compañía, bienestar,..) que merecen mucho la pena.

El compromiso casi siempre significa un cambio, implica salir de la zona de comodidad que nos construimos; y esto, como ya sabemos, puede generar cierta resistencia. Sentimos miedo al ver peligrar la burbuja creada a nuestro alrededor. Creemos que puede producirse un cambio que va a desestabilizar nuestra seguridad.

Según la psicóloga Ciara Molina, este miedo “se suele dar en personas muy atractivas, con bastante don de gentes, grandes conquistadoras, y que necesitan tener una relación estable debido a su carencia afectiva. Paradójicamente, cuando se supone que han conseguido lo que buscaban, el miedo empieza a apoderarse de ellas, creando así situaciones de confusión que ni ellas mismas entienden, y mucho menos su pareja”.

¿Por qué le tenemos miedo al compromiso?

  • Debido a una educación sobreprotectora y permisiva en la que no hemos tenido que hacer prácticamente nada para obtener el bienestar, hemos vivido casi sin límites ni obligaciones y sin problemas que solucionar.
  • Tememos el fracaso, que la relación no salga bien ni como esperamos y por eso no llegamos a entregarnos del todo. Nuestra baja autoestima y falta de confianza en los propios recursos impiden que nos comprometamos.
  • Malas experiencias anteriores (malos tratos, infidelidades, etc.)
  • Cuando en la balanza hay más pérdidas que ganancias, es decir, existen más cosas que perdemos de las que ganamos, entonces lo positivo que está por venir quedará en un segundo plano.
  • Tenemos miedo a perdernos a nosotros mismos y tener que depender de otra persona. No debemos confundir compromiso con dependencia, son cosas muy distintas.

¿Cómo podemos afrontarlo?

  • Es esencial empezar a valorarse más uno mismo y a tener mayor confianza en las propias capacidades y recursos, ya que esto hará aumentar la seguridad en las decisiones que tomemos y las acciones que realicemos.
  • Es importante conocer las limitaciones y miedos que tenemos para poder buscar soluciones adecuadas, así como nuevos pensamientos que se ajusten más a la realidad.
  • Asimismo, también es muy importante aprender a expresar lo que sentimos, los miedos, las preocupaciones e inseguridades que nos invaden, ya que esto fomenta una relación de confianza con la pareja y puede ayudarnos a ver otros puntos de vista.
  • Intentar equilibrar la balanza y pensar en todos aquellos aspectos positivos que puede ofrecernos el compromiso y compararlos con nuestros miedos .

Ahora os presento un cuento sobre el compromiso para que podáis reflexionar:

La princesa y la piedra 

Cuenta una vieja leyenda mexicana que había un gran reino nauha cuyo rey no encontraba la felicidad completa. Esto se debía a que su hija primogénita no aceptaba a ninguno de sus pretendientes como futuro esposo. Izel, era el nombre de la princesa, que en azteca quiere decir ‘la única’, y su belleza estaba a la altura de tal calificativo. Tenía una hermosa piel morena, tostada por el dulce sol y una ondulada melena negra que hacían que sus hermosos ojos azules, tan azules como el gran mar en reposo, cautivaran a cualquiera que los mirase. Pero la princesa era infeliz, ya que, consciente de su belleza y de la inmensa riqueza de su padre, sabía que la innumerable sucesión de pretendientes que cada día llenaban el gran salón de palacio sólo buscaban llenar sus ansias de avaricia y lujuria.

 Una mañana gris y oscura, en la que el sol no quiso salir, el rey nauha se dirigió serio a su hija y le dijo: ‘Izel, querida niña, te quiero más que a nada en este mundo, y jamás haría nada que te hiciese infeliz, pero tenemos una obligación con nuestro pueblo. Tú puedes llegar a ser una gran reina, pero debes continuar nuestro linaje y para ello necesitas un esposo’.

– Lo sé padre, pero tú me has enseñado a vivir con amor, y lo que veo en los ojos de los hombres que piden mi mano es sólo un afán desmedido de poder y de fortuna.
– Tendremos que buscar una solución – respondió el anciano rey.
Izel agachó la cabeza.
– Habrá que buscar la forma de conocer las verdades intenciones de tus pretendientes.
La joven princesa miró a su padre con sorpresa.
– Publicaremos un edicto: cualquiera que quiera pedir tu mano, previamente te tendrá que enviar un regalo…
– ¿Un regalo?
– Pero no un regalo cualquiera – continuó el rey – sino el regalo más valioso, más tierno y más sincero a la vez.

 Dicho y hecho. El edicto se púbico y el gran salón del palacio se vació de pretendientes, para llenarse de todo tipo de presentes: piedras preciosas, brillantes vasijas de oro, sortijas y collares, hermosos poemas de amor, flores y maravillosas obras de arte. Izel se paseaba entre ellos sin demasiado entusiasmo cuando uno acaparó su atención. Se trataba de una sucia y fea piedra, pequeña como una nuez. La princesa preguntó a sus sirvientes si se traba de un error, pero ellos, al consultar la relación de los regalos recibidos confirmaron que lo había enviado un tal Teotl, a quien ella ordenó llamar inmediatamente.

 Izel estaba tan intrigada como ofendida por aquel regalo, cuando llegó a palacio aquel desconocido. Teotl, que en azteca quiere decir ‘energía’, era un joven campesino, alto y fuerte, de unos ojos negros y brillantes, que cuando se presentó ante la hermosa princesa lucía una amplia y sincera sonrisa.

 – ¿Por qué me habéis enviado este regalo tan horroroso? ¿Eso es lo que pensáis que me merezco? – pregunto airada la princesa.
 – Permitidme que os lo explique princesa, esta piedra representa lo más valioso que yo os puedo regalar: mi corazón. Es también un regalo sincero, ya que como todavía no os pertenece, aún está duro como una piedra. Pero cuando se llene de amor por vos se ablandará, y se convertirá también en el regalo más tierno que os pueda hacer.

 El joven Teotl se retiró tranquilamente dejando a la princesa asombrada y completamente enamorada de él. Desde aquel día, y durante meses, lzel le envío a diario maravillosos y carísimos regalos al joven campesino, y no se separaba ni un segundo de la negra piedra esperando que se ablandara. Pero el corazón Teotl, al igual que la pequeña roca, seguía duro.

 El tiempo pasaba sin ninguna novedad, y la princesa completamente desanimada, rompió a llorar y arrojó la piedra al fuego. En ese momento vio como la piedra, al contacto con las llamas, comenzaba a deshacerse, y bajo las cenizas aparecía un pequeño, pero precioso corazón de oro. Y lo comprendió todo. Tenía que ser como el fuego, y aprender a separar lo importante de lo superfluo. Entonces tomó su caballo y galopó hasta la casa de Teotl, donde el campesino estaba trabajando sus tierras. Izel bajó del alazán, y miró con ternura los negros ojos del joven.

Se acercó a él y sin dejar de mirarle dijo: ‘¿Damos un paseo?’. El joven dibujó en su cara una amplia y sincera sonrisa, y respondió: ‘Llevo meses esperándolo’.

 

Mercedes Casado

Psicóloga

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