“A mi hija María, a la cual adoro”

 

Era un momento de satisfacción personal, cuando me dirigí a aquel lugar donde un grupo de personas acudíamos con un objetivo no muy claro. La música comenzó a sonar. Eran melodías diferentes, con colores distintos que nos hacían percibir unas y otras emociones. Comenzó una música estridente que invitaba a vaciarnos de la emoción de la rabia, que en momentos determinados acumulamos inconscientemente en nuestro cuerpo. Algunas personas gritaban y agitaban su cuerpo con fuerza. Yo, con la prudencia que me caracteriza, intentaba identificar los lugares en los que se había instaurado y amablemente la invitaba a salir.

De repente la música cambió y comenzó a sonar una melodía cuyas notas me fueron transportando a un lugar idílico, lleno de tonos armónicos, de olores agradables y de susurros tranquilizadores. Me encontraba en la orilla del mar y escuchaba como las olas rompían contra las rocas. Todo lo que veía, todo lo que escuchaba me hacían sentir en paz, una paz infinita. Mi respiración lenta fue acompasando ese disfrute, ese deleite. De repente apareciste tú, me sonreíste y con tus manos cogiste mi rostro, con una dulzura que me hizo sentir en las nubes.

Yo te pregunté ¿bailas conmigo? Comenzamos a bailar juntas y a pesar de haber otras personas a nuestro alrededor, en esos instantes y en mi corazón sólo estábamos tú y yo. Fue breve pero aun cuando lo recuerdo siento la plenitud del momento y una inmensa felicidad.

Cuando la música dejó de sonar, pude percibir que ese momento de paz y bienestar lo alcancé debido a la conexión que tengo contigo. Me alegré al pensar que, aunque en un futuro la distancia nos separe, por tus ganas y tu derecho a volar en la vida, siempre podré sentir tus manos y tus caricias con sólo dejarme transportar a través de una música, a un lugar donde tu y yo podamos bailar juntas.

 

Mercedes Melgar

Coach certificada

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