Al igual que para que una comida se convierta en un exquisito manjar es necesario un conjunto de ingredientes de calidad y una fuente de calor que permita su mezcla y su cocción en el punto justo, en una familia es necesario también tener una serie de elementos, entre los que se encuentran la comunicación y una correcta gestión de las emociones. Éstos, integrándolos y mezclándolos a través del amor, son capaces de lograr un ambiente de equilibrio que propicia el desarrollo de todos y cada uno de sus miembros, es decir, el de una familia sana.

Una comunicación abierta, descriptiva, asertiva, sin palabras hirientes  es  algo fundamental, aunque desgraciadamente inexistente en numerosas ocasiones en las familias. No consiste en callar ni en no decir lo que se piensa o se siente, sino muy al contrario, se trata de expresarlo  en el momento adecuado y con el máximo respeto y tacto para no desencadenar emociones negativas en el sistema familiar al que se pertenece, teniendo consciencia de uno mismo y del otro y asumiendo la responsabilidad y  protagonismo  en todos y cada uno de los actos en los que se interviene.

Una emoción es un impulso que nos induce a actuar y que tiene dos tipos de respuestas, una física que es inevitable e imposible de gestionar y una respuesta de conducta que es posterior a la física y que sí se puede trabajar utilizando lo que caracteriza al ser humano: la fuerza de voluntad. Teniendo esto en cuenta, se puede afirmar que una buena gestión emocional permite a los miembros del sistema familiar gestionar correctamente sus emociones y por lo tanto, también sus comportamientos.

Tanto la comunicación como la gestión emocional se aprende y se desarrolla, pero se debe cumplir una premisa para lograrlo: hay que querer.

Cuando se establecen unos hábitos, entre los que se encuentran la mala o inexistente comunicación o/y  una mala gestión emocional entre otros, que provocan unas relaciones interpersonales negativas, el sistema familiar enferma. Para restablecer el equilibrio y el desarrollo de todos y cada uno de sus miembros es pues necesario sanar dicha enfermedad.

Curiosamente, cuando uno se siente enfermo físicamente, acude al médico para que le den un tratamiento y le curen. Sin embargo, cuando el sistema familiar al que uno pertenece se enferma ¿por qué cuesta tanto pedir ayuda? La respuesta a esta pregunta la podemos encontrar en  numerosas y  diversas razones de las que se pueden extraer las siguientes, por ser las más frecuentes:

  • Se guarda  con mucho celo la intimidad. Pero si  dicha intimidad es tan apreciada ¿por qué se descuida?
  • Se considera  que uno mismo la puede sanar sin que nadie externo le  ayude. Pero si eso fuera así, ¿por qué no se ha encontrado aún la vía para  lograrlo?
  • El miedo a que nos juzguen personas que están fuera de nuestro sistema familiar. Pero entonces ¿es que importa más la opinión de miembros de otro sistema familiar que el bienestar del  sistema familiar propio?
  • No conocemos a nadie que nos ayude. ¿Se ha buscado con verdadero interés y ahínco a alguien que nos pueda  ayudar al respecto?

Sean estas u otras razones, es imprescindible que cada uno encuentre su respuesta y valore si tiene la suficiente motivación para aprender nuevas formas de relacionarse, de comunicarse, de gestionar sus emociones… y que todo ello le permita el equilibrio de su sistema familiar y por lo tanto, su buen desarrollo.

Mercedes Melgar y Mercedes Casado

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