“Ni tu peor enemigo puede hacerte tanto daño como tus propios pensamientos” BUDA

 

Normalmente percibimos como nos sentimos: alegres, tristes, tranquilos, con rabia, angustiados, celosos, avergonzados y un sinfín de tantas y tantas emociones que se instauran en nuestro cuerpo y que producen un efecto físico que nos hace percibirlas con mayor o menor intensidad.  Sin embargo, de lo que ya no somos tan conscientes es de donde proceden dichas emociones. Pues bien, el origen de nuestras emociones está en nuestros pensamientos, ellos son los que provocan que nos sintamos de la manera que lo hacemos.

Todas las emociones nacen para defendernos de algo. No hay ni emociones buenas ni malas. Todas y cada de una de ellas las necesitamos para sobrevivir. Además, hemos de considerar que las emociones nos pueden potenciar o nos pueden limitar en la vida y que por lo tanto es preciso que aprendamos a gestionarlas.

Por ejemplo, la tristeza es esa capilla necesaria para lograr superar la pérdida de un ser querido o para prepararnos ante la vida después de un periodo de estrés. El miedo es necesario para evitar peligros, y es gracias a este que no pondremos la mano encima de algo incandescente o no pasaremos la carretera cuando viene un coche a alta velocidad. Pero cuando la tristeza o el miedo, u otras tantas emociones, se instauran en nuestro cuerpo de una forma permanente y duradera en el tiempo, es entonces cuando nos limitan y debemos trabajar para gestionarlas y si procede cambiarlas.

¿Cómo podemos trabajar las emociones y conseguir cambiarlas cuando se convierten en limitadoras de nuestra vida? Una manera es modificando los pensamientos, pero ¿cómo lo logramos?, pues nada más y nada menos que poniendo el foco de atención fuera de nosotros.

Existe una técnica muy sencilla que cuando la explico a mis clientes se sorprenden por lo sencilla que parece, pero que aún se sorprenden más cuando comprueban su eficacia. Ésta es: contar hacia atrás desde un número muy alto, sea éste el que sea, por ejemplo desde el 8733. Al poner nuestra atención en contar hacia atrás y no confundirnos, y debido a que estamos pensando en algo neutro que no tiene ningún efecto en nosotros, conseguimos que la emoción que provenía del pensamiento anterior finalmente se tranquilice.

Para que funcione esta técnica sólo es necesario querer hacerlo, algo que a veces no es tan sencillo como parece. El hecho de pensar en aquello que nos hace sentir de esa manera, el hecho de pensar en aquello que nos preocupa o inquieta, y que termina limitando nuestra vida, es como un imán con un campo de atracción fuertísimo y es necesario tener una gran fuerza de voluntad para abandonarlo.

Por lo tanto, es bueno preguntarnos muchas veces ¿en qué estoy pensando ahora que hace que me sienta como me siento? Porque de esta forma tomaremos consciencia de cuáles son nuestros pensamientos y decidiremos cambiarlos cuando consideremos oportuno hacerlo.

 

La siguiente fábula titulada “El rey que creía ser un mendigo”, refleja muy bien la gran influencia que llegan a ejercer los pensamientos sobre nosotros.

Había un monarca que vivía en un esplendoroso y próspero reino en el norte de la India. El monarca era un señor muy rico y poderoso. Día tras día inculcaba a su hijo la importancia de ser noble y generoso, y momentos de fallecer le dijo:

Hijo, cualquiera puede, tener mucho, bien sea por destino o por azar, pero has de tener claro que lo importante no es ser propietario de ese todo, sino saber dar y compartir. No hay peor cualidad en la persona que la avaricia. Se siempre generoso con el resto. Dispones de mucho, así que ofrece mucho a los demás.

Durante muchos años, fallecido su padre, su hijo, el nuevo monarca, siguió los pasos de su padre y se mostró generoso y esplendido. Pero a partir de cierto día, el monarca se fue convirtiendo en una persona avara, pero avara en extremo, tanto que  no solo empezó a no compartir nada con el resto, sino que incluso se auto negaba las necesidades básicas a sí mismo.

Teniéndolo todo se comportaba como un pordiosero. Todos en el reino estaban muy preocupados, y un día su asistente personal, que también lo había sido de su padre, mandó llamar a un sabio que moraba en una cueva en las altas montañas del Himalaya.

Es increíble – comentó desolado el asistente al sabio -. Es uno de los reyes más poderosos y vive como un auténtico pordiosero. Necesitamos de tu ayuda, necesitamos que descubras la razón de por qué se comporta como tal.

Así el sabio comentó al asistente que estaba dispuesto a ayudarle pero que para eso necesitaba juntarse con el rey. Dicho y hecho, el asistente le pidió al rey que por favor recibiera al sabio y este aceptó con la condición de que no le pidiese nada a cambio, que tenía que ser consciente de que no tenía nada, que era sumamente pobre.

A la mañana siguiente el monarca recibió al sabio en palacio y se encerraron en una de las lujosas salas. El rey vestía con harapos, estaba sucio y hediondo; incluso iba descalzo

Estoy totalmente arruinado– comenzó el rey. 

Señor, no comprendo por qué dice eso. Usted es rico y poderoso – replico el sabio. 

No me vengas con tonterías – contestó el monarca – No me pidas nada porque nada podrás sacarme. Desde ahora te digo que nada tengo.  Es más, cuando esos harapos se terminen de romper, no tendré nada con qué cubrir mi cuerpo.

Así el rey rompió a llorar sin poder sostener sus lágrimas. En ese mismo momento, el sabio entorno los ojos, concentró su mente y, como si fuese un punto de luz, se coló en el cerebro del monarca. Allí observó el pensamiento que noche tras noche se colaba en los sueños del rey: El rey soñaba que era un mendigo, el más pobre de los mendigos. El sueño parecía tan real, que el rey se lo terminó por creer y aunque era un rey rico y poderoso, se comportaba como un pordiosero.

Conociendo cuál era la razón de su comportamiento, el sabio logro que unos días el rey consiguiera dominar sus pensamientos y cambiara así la actitud que reinaba en su mente. El monarca volvió a ser esplendido con los demás, pero no consiguió que el sabio aceptara ningún obsequio. Es más, el sabio le hizo un regalo impagable, le obsequió con la siguiente reflexión:

“Tal es el poder del pensamiento. Así como piensas, así eres. Conquista el pensamiento y te habrás conquistado a ti mismo”

 

Mercedes Melgar

Coach Certificada Profesional nº 10324

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