Andrés se despertó, la luz entraba por la ventana y alumbraba la habitación. Miró hacia el lado izquierdo de su cama y se extrañó, Marta, su pareja, no estaba. Al parecer ya se había levantado, algo raro en ella, considerando que siempre era él el que una vez duchado y preparado el desayuno la llamaba para que se levantara.

Salió de la habitación y fue a despertar a Eva y a Carlos para que se fueran desperezando y arreglando para ir al colegio. Era un día normal, como tantos otros, pero cuando abrió la puerta de su hija pequeña de 12 años, se sorprendió. Todo estaba perfectamente colocado en su lugar, la cama perfectamente hecha, la mesa del escritorio perfectamente ordenada. Era como si esa noche Eva no hubiera estado allí.

Un poco nervioso y angustiado por todo lo que estaba ocurriendo, fue a la habitación de su hijo  Carlos de 16 años y observó que ocurría lo mismo. Carlos no estaba, las paredes que normalmente estaban llenas de pósters, estaban blancas y la cama perfectamente ordenada. Abrió el armario y con gran sorpresa observó que estaba vacío.

¿Qué estaba ocurriendo? Lleno de una gran desesperación recordó lo que había pasado la noche anterior. Una enorme discusión con su hijo Carlos y posteriormente con su mujer provocó que deseara  de corazón que su familia desapareciera. Familia en la que los gritos, las palabras hirientes, las faltas de respeto y los portazos eran normales. Familia en la que las palabras “te quiero”, estaban totalmente ausentes, tanto entre él y su pareja como entre ellos dos y sus hijos. Familia en la que únicamente se exigía, pero donde nunca se valoraba. Familia en la que el respeto brillaba por su ausencia.

Ahora asustado comprobó que su deseo se había cumplido. En la casa en la que se había formado esa familia no había rastro de ninguno de sus miembros. Era una casa únicamente llena de soledad, tristeza y de angustia.

Recordó el momento en que Marta y él habían decidido unirse para formar una familia. A su mente acudieron las palabras que se decían y a través de las cuales expresaban todos sus proyectos, anhelos y sueños, pero poco de los cuales se habían cumplido.

¿Qué había ocurrido? Las lágrimas llenaban sus ojos, de su garganta salían gritos de desesperación profundos. ¿Por qué no hizo lo que tantas veces pensó que debía haber hecho? ¿Por qué no supo explicar, sin rabia ni rencor, lo que sentía? ¿Por qué se acostumbró a hablar de esa manera, sin palabras de aliento, de alabanza y de amor?

De repente Andrés se despertó y pudo comprobar que todo había sido un horrible sueño y que a su lado, asustada por sus gritos, estaba Marta. La abrazó fuertemente como hacía tiempo que no hacía y con una inmensa dulzura le dijo “Te quiero”.

Mercedes Melgar

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1 Comment

  1. Maria Elvira dice:

    A veces creo que llamamos al mal tiempo, pero también pienso que se debe a la energía que trasmita cada persona y cada cosa que piense lo atrae sea bueno o malo, bonito relato! Saludos Merce!

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